Estamos sentados en la colina, uno al lado del otro, mirando al horizonte.
-He decidido estar enamorada- digo sin mirarle.
Noto sus ojos posándose en mí y su mirada divertida y sorprendida.
-¿Cómo se decide eso?-pregunta con sorna.
Me giro para mirarle y no me lo pienso dos veces.
-Así- digo antes de lanzarme a sus brazos y besar sus labios.
Parece una roca contra mi cuerpo. Sus manos aprietan mi cintura intentando separarme pero yo me aferro a su cuello como si de ello dependiera mi vida. Mis labios van rompiendo poco a poco la frontera de los suyos, hasta abrirse paso y hacer estallar su pasión. Sus manos se deslizan por mi cintura, ya no me empujan sino que me atraen hacia él, hacia su cuerpo. Responde a mi beso como jamás pensé que lo haría y nos perdemos en nuestra pasión. Puedo sentir el fuerte y acompasado latir de nuestros corazones a través de las camisas y la chaqueta del uniforme. Ahora no somos dos niños soldados, sólo somos dos corazones unidos por una pasión incontrolable. Mi corazón pertenece al suyo y el suyo al mío. No tengo ni rango, ni dueño, ni amo, sólo tengo su corazón.
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