5 nov 2013

Fuentefría

Camino despacio, notando paso a paso el peso de mi cuerpo sobre mis rodillas. La pequeña mochila que llevo rebota contra mi espalda con el movimiento. Sólo lleva una botella de agua vacía y una cantimplora llena, pero su peso me reconforta.

Atrás dejé el pueblo, la carretera y la entrada a la dehesa. Ante mí, tres caminos: uno, no me llevará a mi destino, otro, me llevará con dificultad, y el último, el último es el camino que debo tomar, el camino cuesta arriba lleno de piedras y curvas que me llevará directa a mi destino.

Enfilo el estrecho sendero y cruzo el arroyo saltando de piedra en piedra. El camino se ensancha y empieza mi subida. Tropiezo con piedras y palos, pero no caigo. Mis pies guían mis pasos sin titubear. No es difícil, sólo deben seguir el camino de la izquierda.

Observo maravillada el paisaje otoñal que se extiende a izquierda y derecha del camino. Pese a la niebla y a la escasa luz propia de esta época del año, los colores don tan vivos que me deslumbran. Cientos de tonos distintos de gris, marrón, naranja, amarillo e incluso verde asaltan mis sentidos y captan por completo mi atención. A lo lejos, alcanzo a escuchar el canto de un pájaro entre la espesura.

Mi subida continúa sin prisa pero sin pausa. En cada curva del camino veo atajos, pequeños senderos hechos por otros caminantes que prefirieron un camino más corto, sin curvas ni recodos. No los miro dos veces, la tentación de seguirlos es grande, pero no quiero caer. Pueden parecer más fáciles de recorrer a simple vista, pero el terreno está húmedo y la tierra suelta, la hojarasca hará resbalar a todo el que lo intente. Al fin y al cabo, elegir el camino más corto suponiendo que vaya a ser más sencillo y rápido de recorrer no implica que realmente lo sea.


Tomo la última curva hacia la izquierda y veo, algo alejada, la valla de madera que protege al gran acebo centenario de la dehesa. Se vieron obligados a vallarlo para evitar que una de las yeguas salvajes que habitan este lugar lo destrozara. Ahora, los únicos animales que se pueden acercar a las faldas del rey del bosque son los jabalíes.

He de continuar caminando, ya estoy cerca. Hasta mí llega el aullido de un lobo. Se me hiela la sangre en las venas de lo cerca que parece haber sonado. "Los lobos no bajan tanto" me repito una y otra vez hasta convertirlo en un mantra.

Acelero el paso al ver frente a mí la entrada a mi destino. La espesura que me ha acompañado todo el camino se abre al final de la pista forestal, creando una puerta natural hacia la explanada donde se halla el remanso de paz al que me dirijo.

La recompensa por la subida es un buen trago del agua fresca y limpia que baja de la sierra y sale por el caño de la fuente que está en el centro de la explanada. Me siento a descansar en el enorme arbol tumbado que forma una retorcida "v" con su compañero erguido. No está mojado pese al timepo, así que puedo sentarme sin problema.

Cierro los ojos disfrutando de la suave brisa que mece las hojas de los árboles. El silencio aquí arriba es casi absoluto y es sólo perturbado por el agua corriendo. A veces creo que la pequeña subida a este remanso de paz se parece a la vida. Debes elegir entre varios caminos pero sabes que el difícil es el que debes tomar para alcanzar tu meta. Encontrarás atajos en tu camino pero no debes tomarlos pues te darán más problemas que soluciones. Y es que mi vida es el camino difñicil y los atajos las huidas que se han presentado y no he tomado.


Cuando abro los ojos, está anocheciendo. Lleno la botella vacía con agua de la fuente y emprendo el camino de bajada. Recorro el camino con tanta rapidez como me permiten mis piernas, no quiero estar sola de noche en mitad del bosque. Tardo casi un cuarto de hora en llegar abajo del todo, lo que es todo un record para mí. Cruzo la carretera y ya estoy de nuevo en la seguridad de la luz artificial y del pueblo. Creo que esta noche dormiré tan satisfecha como puedo estar tras haber superado mi miedo de recorrer sola ese camino.

FIN



12 jul 2013

Mentiras

  Hay veces que no lo puedes evitar. La posibilidad de mentir o decir la verdad está ahí pero, no siempre tenemos la oportunidad de escoger. Da igual que sea la persona a la que más quieres en el mundo o que sea la tontería más tonta del siglo, si ni siquiera tienes la oportunidad, la mentira siempre, siempre, va primero.

  Es una maldición que te persigue hasta el fin de los días. No escapas nunca, no sin ayuda. Sólo hay un camino y es el de la fuerza de voluntad, esa amiga traicionera que nos acompaña y abandona a placer y a la que tantos méritos nos cuesta mantener. Pero una vez está contigo y eres capaz de aferrarla y no dejarla ir, todo vuelve a ir bien, todo vuelve a su cauce y tu mente descansa ante su sola presencia. El mundo deja de ser en blanco y negro y la vida vuelve a tener color.

  Unos dirán que exagero. Esos no saben de qué hablo. Sólo aquellos que lo han sufrido, aquellos que no siempre tienen la oportunidad de elegir, entienden de lo que hablo. Entienden el odio hacia uno mismo que se experimenta cuando mientes a la persona a la que más amas. Pequeña, grande, diminuta... da igual, una mentira es siempre una mentira y eso nada lo cambiará

19 may 2013

La caída del Cielo

     El cielo se romperá cuando caigan. Se partirá en pedazos y el mismísimo infierno caerá sobre la tierra cuando de tus lindos ojos claros se derramen las lágrimas del dolor. Y es que te hizo daño. Aquel al que amas te hizo daño y te destrozó el corazón.

5 may 2013

"Sólo tienes que leer"

   "Puedo decirte las palabras más bellas jamás pensadas. Recitarte tantos poemas de amor que vomite arco iris, contarte qué es lo que me enamoró, qué es lo que me atrae de ti y qué es lo que no. Pero entonces no sería yo. A la perfección sabes que las palabras habladas no son lo mío. No podría decirte esto ni entre tartamudeos. Sólo tienes que leer.
  Hace tres años desde que nos conocimos en ese avión destino Roma. Tú llevabas ese suéter rosa que tan poco me gusta y tan bien te queda. Remarcaba a la perfección esos dulces ojos verdes que tan profundo se han clavado en mí.

1 may 2013

¿Por qué estoy haciendo esto?

"¿Por qué estoy haciendo esto?" me pregunto por decimosexta vez mientras trepo por la estúpida soga que cuelga del techo. "Ah, sí. Ya me acuerdo. Lo hago por ella".
 Es la quinta vez esta semana que intento subir, sin éxito, por la soga y tocar la campanilla. Tengo las manos llenas de callos y los calambres que me dan en los brazos al hacer fuerza, son cada vez peores. Me empiezan a temblar las piernas. Sé lo que viene ahora. Estoy a dos metros del suelo así que la caída va a ser dolorosa. Al menos he llegado a la mitad del camino.