-No lo intente, Alhazahar. No hay salida.
El anciano se dio la vuelta y miró a la joven con angustia.
-¿No hay salida?- preguntó con ojos llorosos.
Tantos años de búsqueda, de sufrimiento... ¡todo tirado a la basura!
-Lo he intentado, las puertas al Mundo están cerradas desde allí. No podemos salir, es nuestro sino. Nuestra obligación es cuidar del Mundo de los Sueños, no salir de él. Lo siento.
La voz de la muchacha denotaba su abatimiento. Los Primeros habían diseñado todo para que ningún ciudadano del Mundo de los Sueños pudiera salir. Pero cualquier humano podía entrar a su antojo, ni pase, ni contraseña, ni guardas. Podías ser el mismísimo Hitler, uno de los peores dictadores humanos, que podías entrar sin problemas.
El viejo se acercó a las puertas con sus andares gastados. La túnica marrón claro que le llegaba hasta los tobillos arrastraba por el suelo debido a que sus hombros estaban más encorvados de lo habitual. Las nudosas y arrugadas manos de Alhazahar recorrieron con mimo las vetas de la milenaria madera que formaba las puertas. Entonces el anciano se rompió. Sus rodillas dejaron de sostenerle y sus lágrimas se derramaron mojando su túnica y llegando hasta el suelo. La imagen era miserable, el pequeño y encorvado cuerpo del anciano no era más que una mota de polvo contra las gigantescas puertas de madera, oro y diamantes.
-¿Por qué? ¿Por qué? ¿Por qué? ¿Por qué? ¿Por qué? ¿Por qué? ¿Por qué?- repetía el anciano una y otra vez.
La muchacha estaba conmovida, pero las normas del Mundo de los Sueños eran claras, no hay contacto físico sin sentimiento, no se toca a los ancianos si no son familia. Se quedó clavada en el sitio. La esquina desde la que observaba la habitación le daba la oportunidad de observar todo. Estaban solos en la enorme sala llena de los siniestros cuadros de los Primeros que custodiaban la única entrada y salida del Mundo de los Sueños. Unos pasos resonaron por el pasillo lateral de la sala.
-Levantaos. Alhazahar, viene alguien, levantaos y limpiaros las lágrimas, no deben saber que vos sabéis qué es esto.
Con varios crujidos de huesos el anciano se puso de pie y se limpió las lágrimas con un fino pañuelo de tela bordada. Se alejó de las puertas con un suspiro y sus pies descalzos le llevaron hasta el retrato del último Primero, Zaramey Rastepiu.
Los pasos resonaban cada vez más fuertes debido a la cercanía de su dueño. La muchacha se preparó para lo peor. Conocía esos pasos, y no presagiaban nada bueno.
Continuará...
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